1865: Valdivielso y los Estados Pontificios

 

En el verano de 1865, los valdivielsanos trabajaron como siempre, sudando la camisa de sol a sol, para recoger las cosechas que un año más les asegurarían el sustento. Pero sus párrocos andaban revueltos: el Papa pedía ayuda a los católicos, y se organizaba una gran colecta en toda España, pues el Vaticano se encontraba en la situación más precaria que había vivido desde los tiempos de Carlomagno. En las bellas iglesias del valle, que seguramente se llenaban todos los domingos, los sacerdotes transmitirían desde los púlpitos el dramático mensaje que asimismo divulgaba entonces la prensa católica en los términos siguientes: los fieles hijos de la Iglesia debían acudir a ofrecer consuelo al Papa en aquellos «días angustiosos de amarga tribulación», porque la Santa Sede había perdido unos territorios «sacrílegamente usurpados».

Los movimientos revolucionarios y unificadores que sacudieron la península italiana a mediados del siglo XIX habían dejado los Estados Pontificios reducidos a una cuarta parte del territorio que estos habían estado abarcando durante 1.000 años. A partir de 1861 el Papado reinaba ya únicamente sobre el Lazio y, pocos años más tarde, en 1870, perdería también esta última posesión terrenal, quedándose sin territorio físico hasta la fundación de la Ciudad del Vaticano en 1929.

En España la efervescencia política y religiosa era también notable. Ilustrados y masones a los que la Revolución Francesa había contagiado sus ideas, dieron en llamarse liberales, mientras la Iglesia Católica se refugiaba cada vez más en el conservadurismo. Dos guerras civiles habían enfrentado ya cruentamente a liberales y carlistas, y el clero no siempre había permanecido al margen de estas confrontaciones. Además, aquel mismo año de 1865, poco antes del verano, con la Hacienda esquilmada, una grave crisis económica y fundadas sospechas de corrupción monárquica, tuvieron lugar en Madrid graves sucesos, como el famoso de la noche de San Daniel, el 10 de abril, en el que hubo varios muertos y numerosos heridos al disolver las fuerzas del orden a tiro limpio una concentración de estudiantes que se habían congregado en la Puerta del Sol.

La prensa católica de la década de los 60 del siglo XIX, al tiempo que arremetía contra todo lo que sonara a liberal, informaba sobre las colectas que se organizaban en aquella España tan empobrecida para realizar lo que llamaban «ofrendas al Sumo Pontífice». Además de oraciones, se pedía a los católicos que realizaran donativos. Revisando las hemerotecas en Internet, hete aquí que me he encontrado con los nombres de mis tatarabuelos valdivielsanos. El 8 de septiembre de 1865, festividad de la Natividad de la Virgen, un periódico católico llamado El Pensamiento Español publicó un suplemento de cuatro páginas con una exhaustiva relación de donantes de todos los pueblos de la Merindad de Valdivielso, que entonces eran más de 20, con una población de unos 4.500 habitantes. Los donantes aparecen en algunos casos de manera individual, pero son muchas las familias que figuran con los nombres de los padres, los hijos y, en ocasiones, incluso del criado o de la sirvienta. Se indican asimismo las cantidades que aportaron a la colecta. Al leer los nombres de mis tatarabuelos maternos («Benito Garmilla y Paulina de Porras, con sus hijos Manuel, Ángel, Lucas y María», en Quecedo; «Lino Alonso y Antonina Landeta, con sus hijas Celedonia y Paula», en Población) he visto también que en ambos casos la aportación familiar fue de 1 real.  Esta cantidad suena a poco dinero, y lo primero que he pensado ha sido que, una de dos, o eran más pobres que los ratones de la iglesia, o no les preocupaban demasiado los Estados Pontificios. Como me imagino que otros descendientes de valdivielsanos entrarán también en la web para buscar a sus antepasados, haré para ellos un resumen de lo que he tenido que indagar con el fin de poder calibrar las aportaciones.

En otro número del mismo periódico puede leerse que el precio del pan por aquellos años era de unos 12 cuartos[1] para una hogaza de dos libras, lo cual puede traducirse aproximadamente como un real y medio para 1 Kg de pan. En otras publicaciones he visto que el trigo que vendieran mis tatarabuelos se pagaría, como mucho y con fuertes oscilaciones en los precios anuales, a unos 50 reales por fanega[2] y, si alguno de mis parientes se iba a la ciudad a trabajar como albañil, podía llegar a ganar un jornal de hasta 8 reales diarios, siempre que fuera bueno en su oficio y no hubiera en aquel momento exceso de mano de obra. Si se iba a Navarra a vendimiar, el jornal allí para un varón adulto sería de unos 6 reales. En cualquier caso, 1 real de vellón parece una cantidad bastante modesta.

El paso siguiente ha sido buscar la comparación con los donativos de otros vecinos del valle. En El Almiñé destacan los 10 reales de Felipe Barona e igual cantidad de Antonio de Ojeda, pero otros vecinos que hacen el donativo en grupo llegan en un caso a 5 reales y en otro a 7 reales y 20 maravedís.

En Arroyo el cura párroco da 40 reales, aunque no se especifica si son del bolsillo propio o del cepillo de la iglesia. La familia de Miguel Alonso de la Puente aporta 20 reales, pero la mayoría de los vecinos citados no supera individualmente los 16 maravedís[3], aparte de unos pocos que hacen donativos de entre 1 y 4 reales, y un grupo anónimo que entrega 20 reales (estos son los únicos del valle que prefieren no dar su nombre). Llama la atención que se califica de pobres a varios donantes: así, «Lorenza Rodríguez, viuda y pobre, madre de Eliseo y Caya,16 maravedíses»[4] o «Carlos de Lechosa, pobre, 2 maravedíses». Los vecinos de Condado y de Hoz aportan unas cuantías muy similares a las de los arroyanos, pero en vez de maravedís aparecen céntimos.

En Panizares nadie baja de 1 real, y en Población, casi nadie, variando la mayoría de los donativos de estos pueblos entre 1 y 2 reales. En Puente Arenas tampoco hay quien dé menos de 1 real, pero hay muchas aportaciones de 2 reales y 4 reales, además de dos grupos que entregan 20 y 30 reales respectivamente.

En Quecedo hay dos criadas que donan 1 real cada una, pero son aún más curiosos los casos de «Cecilio Ruiz, criado, 5 reales» y «Maria de la Garmilla, criada, 4 reales». La mayoría de los donativos quecedanos es de 1 real o 2 reales, aunque hay también donativos más altos, y otros que oscilan entre 8 y 16 céntimos.

En Quintana ningún donativo es inferior a 1 real, y hay quien sube a 20 reales. Un fraile llamado Fr. Gregorio de Santiago Guzmán entrega 100 reales.

En Toba hay dos donantes que incluyen el nombre de la sirvienta, pero no suben de 1 real. Otros dos, que no mencionan sirviente alguno, donan 4 reales.

Y esta es la tónica general, con recaudaciones totales que en Población llegan a unos 157 reales, en Puente Arenas a 115 reales, en Panizares a 52 reales, en Quintana a 225 reales (contando los 100 de Fray Gregorio), en Quecedo a unos 145 reales, en Santa Olalla a aproximadamente 57 reales, etc. Aunque no hagamos una suma exacta de todas las donaciones, creo que se puede estimar que, solo en el valle, llegarían a superarse ampliamente los 1.000 reales, y es muy posible que se obtuvieran más de 2.000 reales en toda la merindad, unas cifras que no están nada mal para la época, sobre todo teniendo en cuenta que los campesinos, en general, manejarían poco dinero.

De todos modos, las valoraciones exactas son complicadas, pues hay que tener en cuenta la diversidad de monedas, debida a que durante el reinado de Isabel II cada gobierno hizo su propia reforma monetaria. En el listado de donaciones vemos, por ejemplo, que en 1865 coexisten en la merindad los céntimos y los maravedís. Por lo que respecta al valle, curiosamente en El Almiñé, Arroyo y Valhermosa todas las fracciones de real aparecen en maravedís, mientras el resto de los pueblos del valle parece utilizar ya exclusivamente los céntimos. Aunque en 1848 habían aparecido las monedas de décimas de real, en 1865 un real seguía valiendo 34 maravedís (a pesar de que estos habían dejado de acuñarse en 1850), y es en 1850 cuando se establece el sistema decimal, siendo entonces 1 real de vellón equivalente a 100 céntimos. Sin embargo, se ve que los valdivielsanos que tenían en el arca monedas anteriores, seguían usándolas. Para colmo, también las donaciones que aparecen en céntimos pueden tener en 1865 distintos valores, pues la reforma de 1864 había introducido como unidad monetaria el escudo de plata, que equivalía a 10 reales, pero ¡se dividía igualmente en 100 céntimos! Y en estos listados no se precisa si las monedas son de céntimos de real o de céntimos de escudo. Para intentar aclarar este embrollo monetario, digamos que un céntimo de escudo equivalía a 10 céntimos de real, con lo cual un donativo de, por ejemplo, 50 céntimos de escudo valdría lo mismo que uno de 5 reales, mientras que quien donara 50 céntimos de real estaba entregando solo medio real. Me imagino la faltriquera de mis tatarabuelos cuando tres años más tarde llegó la peseta, junto con nuevas acuñaciones de reales y céntimos: habría en su bolsa una amplia variedad de moneditas, aunque, como también me imagino que eran pobres y tendrían pocas, supongo que las distinguirían muy bien.

En cuanto a las valoraciones en términos de riqueza-pobreza o generosidad-tacañería, me inclino a pensar que nuestras familias eran pobres y generosas, y que su religiosidad era en aquellos tiempos muy fuerte. Echando un vistazo a los donativos de otras zonas rurales, por ejemplo de pueblos alaveses, en sus listas aparecen en general cantidades algo más altas, pero no creo que esto se deba a que allí fueran más desprendidos o más creyentes, sino a que el nivel económico era distinto.

En cualquier caso, el tema queda abierto, y quien lo desee puede entrar a consultar esas páginas del periódico y buscar a sus tatarabuelos, aquellos valdivielsanos que con tanta dignidad (y quizá un poco de orgullo o al menos satisfacción personal) pusieron sus nombres y los de sus hijos junto a las cifras de esos reales, maravedís o centimitos que tanto les habría costado ganar.

 

 

Mertxe García Garmilla

 

 

 

 

 



[1] 1 cuarto = 4 maravedís

[2] 1 fanega = 55,5 litros y, si es de trigo, poco más de 43 Kg.

[3] 1 real = 34 maravedís

[4] En aquella época prefieren hacer el plural de “maravedí” en la forma “maravedises”.